Saturno y Ramón, también el Pica y Piñate, Oliveros Periquita, todos
miembros de la Escuelita un Grano de Maíz, todos supieron callar cuando
la Revolución así lo exigió, las mazmorras y las torturas supieron de la
heroicidad y valentía de estos combatientes.
Ahora se preguntan, nos preguntamos ¿Qué es lo Revolucionario?, ¿es hora
de decir o de callar? Veamos.
Para el revolucionario callar o decir no son opciones fáciles, las dos llevan una gran carga de esfuerzo, de riesgo, precisan temple, audacia, coraje. No son acciones a favor del viento, al contrario, son corriente arriba. Hubo épocas en las que callar significaba la diferencia entre la vida o la muerte, entre la proeza, el decoro y la vileza. Nuestra Revolución está llena de historias de los que supieron callar y también de los que no tuvieron el temple para hacerlo.
Ahora la seducción es otra, decir es necesario, pero se corre el riesgo de romper con el coro, con el eco, con lo establecido. Callar, asentir, proporciona el refugio de lo casi unánime. Decir tiene el precio del aislamiento, de la burla, del dardo de la comparsa. La Revolución depende hoy de la comprensión que se tenga, de la capacidad de oír y
entender el decir.
No pedimos nada material, sólo luchamos por exponer lo que creemos correcto, y pedimos ser oídos con criterio, con espíritu de búsqueda de la verdad, más allá de la anécdota, sin sofismas, sin imaginación febril que nos califica y "descubre" intenciones perversas que no tenemos. Somos chavistas y sufrimos como el que más la pérdida del Comandante.
Ahora estamos con Maduro como antes estuvimos con Chávez, con Irreverencia y Lealtad. No se nos pida otra cosa, no se espere de nosotros otra cosa, no se nos convoque para nada diferente. Queremos seguir viviendo como lo hemos hecho en más de medio siglo: luchando por la Revolución que hoy vemos con posibilidades reales de concretarse.
Queremos morir como hemos vivido. Defendemos con la vida a esta Revolución y al Presidente Maduro, aun con nuestras discrepancias que asumimos como parte del camino. Confiamos en Maduro convencidos de que la suerte de esta Revolución está ligada entrañablemente a la suerte de Maduro.
Ahora bien, sabemos los riesgos que corremos, ya hemos padecido algunas de estas dificultades, sabemos de las incomprensiones, son inevitables, es difícil entender la crítica en un mundo burgués, donde es sinónimo de ataque, de zancadilla. Es difícil asumirlas como muestra de amor, recordemos lo que dijo Martí: Criticar es Amar, esta es guía para
nuestra conducta.
Con la incomprensión a nuestra crítica ésta pierde sentido, razón de ser, al contrario, corremos el riesgo de traer más daño al proceso que beneficio. De allí que en aras del amor a la Revolución, en honor a la memoria de Chávez, al que amamos como nuestro Comandante, en auxilio a la difícil tarea del Presidente Maduro, decidimos que, en este momento difícil cuando la realidad toca la puerta y certifica las teorías,
nuestra mayor contribución es callar.
Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos.
Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.
Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelí usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina. Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.
Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho.
Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos?
¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con ETA, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos?
El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica.
Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.
Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.
La llamada comunidad internacional, ¿existe?
¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando hacen teatro?
Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinden tributo a la sagrada impunidad.
Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.
La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta ajena.