10 de julio de 2013

Evo: acto de guerra

Lo de Evo Morales fue un acto de guerra. ¿Qué tal si la soberana Austria no autoriza el aterrizaje?

Portugal, Italia y Francia, que ya no es la de De Gaulle, son colonias lo suficientemente arrastradas para someterse a una orden imbécil, pirata, convulsiva y criminal. Si François Hollande actúa así en Siria ¿qué es una ruindad más? Otro esperpento jurídico del Imperio: detienen 14 horas a Evo por algo que no hizo pero que hubiera podido haber hecho y que no es delito: dar asilo. Retorcido juicio de intención. Después Hollande dijo que al enterarse de que era un avión presidencial dio permiso para el sobrevuelo. ¿Es un cínico o un bolsa? Es por una duda que tengo. No olvidar que Europa es un continente ocupado militarmente por los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Centellean bases militares gringas por doquier.

En 1929 la Unión Soviética expulsó a León Trotsky. Se refugió en Büyükada o Prinkipo, Turquía. Escribió allí el final de su autobiografía: «El planeta sin visa», porque solo México lo recibió (http://www.marxists.org/espanol/trotsky/1930s/mivida/46.htm). Igual podría declarar Edward Snowden desde su cautiverio virtual en el Aeropuerto Sheremétievo de Moscú (esto lo escribo al amanecer del 4 de julio). Pocos lo acogen y no sé para qué lo quiere la Alemania de Merkel, que «estudiará» su solicitud. Sigo con dudas.

Snowden es un agente con experiencia. No debe haber tomado con ligereza la decisión de denunciar el planetario espionaje de la Dictadura Global sobre tu intimidad. Al parecer aún tiene partituras que cantar. Son barruntos, aclaro, no sea que ahora la excitable CIA me investigue por una conjetura intrépida. Es decir, apreciado agente de la CIA que me lees: Divago que un experimentado investigador no toma decisiones a la ligera, sobre todo Esa Decisión: el revés de inteligencia más severo del Imperio desde Watergate y Wikileaks (http://www.aporrea.org/medios/a114568.html).

España ofreció aceptar a Evo a condición de revisar el avión, como exigió el comandante Arrechera el 12 de abril de 2002 con la Embajada de Cuba. ¿Casualidad? Otra duda que tengo. Luego lo dejó aterrizar en Canarias, con actitud obsequiosa, según narró Evo. «Lo importante es que Snowden no va en ese avión, por tanto todo este debate que se ha producido, pues al final es un poco artificial» (http://www.20minutos.es/noticia/1862071/0/rajoy/avion-evo-morales/snowden/). Un poco nada más.

¿Tan débil está el Imperio que lo asusta tanto la deserción e infidencia de un agente? Siguen mis dudas. Porque el Imperio está dispuesto a un acto de guerra intenso como el asesinato de un jefe de Estado para recuperar a ese agente. Está nervioso. Se entiende: «EE.UU. no teme a los informantes, sino a tener una sociedad informada», ha dicho Snowden (http://www.cubasi.cu/cubasi-noticias-cuba-mundo-ultima-hora/item/18896-snowden-eeuu-no-teme-a-los-informantes-sino-a-tener-una-sociedad-informada).

¿Cómo se echan esa vaina Assange y Snowden? Más dudas. Porque saben el incalculable lío en que están. Y para siempre. Hubo desertores anteriores, Philip Agee en 1968, por ejemplo, que pasó el resto de su vida con ese escaparate al hombro, hasta su fallecimiento en 2008 en Cuba por una úlcera perforada.

Mis conocimientos de espionaje no van más allá de algunas magníficas novelas de Len Deighton y otras también buenísimas de otro británico, Ian Fleming, el creador de Bond, James Bond. Las de Bond son tan divertidas como pésimas para saber de espionaje porque un espía no corretea en un flamígero Aston Martin con una catira aparatosa. Un espía real pasa desapercibido. Raro porque Fleming fue espía.

Sigo especulando y que me perdone Samán: una deserción debe producir un desastre: una task force averigua o conjetura cuánto sabía el escapado, hay que proteger gente, cambiar rutinas, manuales. Y lo peor es lo que no se sabe y el agente sí.

Es eso, creo, lo que tiene nerviosilla a la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). Y si eso le hacen a Evo ¿qué quedará para ti y para mí? No nos salvamos ni siendo pitiyanquis.


Por Roberto Hernandez Montoya